Expresión y arte en la era digital


Son las 19:00hs. Una tras otra, llegan notificaciones de una nueva transmisión en vivo. Une influencer, una figura consagrada, une artista amigue. La doble cuenta viene a ser como el seudónimo y el nombre real: @ricardogutierrez y @rickydibuja. Sentimos el gustito idealizado de lo personal. Todes tenemos algo para decir, para contar, para mostrar. Y podemos.

Las dificultades analógicas acabaron: ya no tenemos el impedimento de la copia física para consumir arte. No dependemos de stocks, de que un producto llegue de otro país o de tener el equipo que reproduzca ese tipo de contenido. El lenguaje de los bits es intercambiable, imperecedero e inmediato. Lo que antes requería de un micrófono, una cámara, un reproductor de música o una resma de papel, ahora converge en la telefonía smart. Como nunca antes, todas las herramientas están a nuestro alcance. Editores de vídeo y audio, programas de diseño, archivos escritos que con unos segundos atraviesan el planeta, plataformas ávidas de contenido.

La era digital, presenta otro tipo de desafíos. Si en el mundo analógico el obstáculo pasaba por la escasez, en nuestro tiempo, el gran dilema es la abundancia. Una abrumadora catarata de propuestas nos invaden, estimulan. Seleccionar qué consumir y qué no, supone un reto angustiante. La noción de masividad se desdibuja y no podemos decir con unanimidad qué cosa es un montón de seguidores o reproducciones. ¿Mil? ¿Un millón? ¿O un número de nueve cifras que dudamos como se pronuncia? Nunca en la historia del mundo se consumió y produjo tanto como ahora.

¿Y el arte qué? Que todes podemos producir arte es una buena noticia. Se trata de una de las esferas creativas y de relativa libertad que tenemos. Decir qué es o no arte, quién es o no artista, resulta entonces una tarea errónea. Sin embargo, nos encontramos ante la paradoja de lo absoluto. Si todo es arte, nada lo es. ¿Qué es, entonces, lo que lo distingue de otras cosas? ¿Cómo opera esto en nuestro tiempo?

La dictadura de los likes puede sonar a un título conspiranoico. ¿Pero no es ahí donde centramos la atención? “Esto tuvo 5 me gusta más que aquello; mejor, lo modifico”. “Uh, recibo muchos más corazones con un vídeo que un texto”. El trabajo fino de la autoestima teje estrategias, estilos. Somos millenials, centennials, más de tres minutos o cuatro párrafos no aguantamos, nos suelen decir. “Lo copado”, comienza a ser un criterio electivo y productivo, incluso en detrimento del contenido. Esta visión de la juventud es incómoda, porque nos subestima a la vez que se para en hechos y prácticas reales. La censura, por su parte, tiene dos maneras de operar. Por un lado, la destrucción y el ocultamiento. Por el otro, la multiplicación infinita que banaliza y quita peso a propuestas de avanzada.

Microformato y el contenido troceado

Si hiciéramos una tabla comparando número de historias vistas vs número de historias recordadas, posiblemente habría una brecha a tener en cuenta. Concursos, editoriales y cuentas difusoras de arte realizan propuestas que suelen titularse como “Micro-relatos de…”, “pequeñas historias sobre…”. ¿Qué hay detrás de estas tendencias? Se trabaja sobre una concepción de atención reducida, volátil, que dura poco y no tiene demasiada fidelidad. ¿Por qué tenerla con una millonada de opciones? La hiper-productividad y el multi-tasking juegan también su papel: debe aprovecharse cada segundo, cada espacio. La espera del bondi o la estadía del baño dan tiempo a pegarle una revisada a las redes. Estos elementos dan como resultado el microformato y el contenido troceado.


Pensemos en los 140 caracteres de Twitter o las historias de Instagram que no duran más de 15 segundos y se autodestruyen a las 24 horas, pero siempre, aparecen nuevas. Como una Coca, que en teoría refresca. Pero en realidad, genera sed. Esto impacta de lleno en el arte. Las plataformas condicionan los contenidos, nos vuelve expertos en estadísticas y diseño; Instagram nos pide visualidad, YouTube exige constancia y calidad. Por supuesto que no son elementos novedosos o necesariamente negativos, pero se acentúan, corren el eje de la experiencia creativa. La poesía y la viñeta ganan terreno; los documentales o informes se acortan. El impacto del formato afecta de tal modo a la creación que la misma persona que diría que una película de tres horas es muy larga, comenta con orgullo que vió siete episodios al hilo de determinada serie.

La misma propuesta de las plataformas nos invita a una especie de concurso de ver quién se come más empanadas. Uno tras otro, se nos recomiendan tal o cual cosa. Sin que demos el ok, se reproduce un nuevo material. En la empanada número 16 no pensamos en si esta rica o qué condimento tiene. Empujamos por inercia. No hay tiempo para salir, para pensar. Somos siempre nuestra falta: la serie que no vimos, el estado que no leímos, los me gusta que no tenemos.


Democratización o mal menor

La era digital es el ineludible contexto de nuestra creación y consumo. Suele presentarse a sí misma como la democratización. La tele, la radio y los diarios son lugares de capacidad limitada (en personal y alcance), pero ahora la juventud parece tener claro que puede prescindir de ellos. Existen, incluso, esas figuras: “productores de contenido” y “necesidad de contenido”. Pero se abre espacio para la pregunta cuando se contrasta con las condiciones materiales: ¿a quién nos recomienda el algoritmo? ¿Están representados todos los sectores? ¿Es lo mismo un portal autogestivo que un medio comercial?


Las visiones más objetivistas y del sentido común, brindan una definición determinista de la tecnología. Según esta, la tecnología es neutral y en todo caso, depende del uso que le demos. A la vez, parece avanzar de forma autónoma, ajena al mundo y sus condiciones. Una mirada que hace entrar en tensión este paradigma es la de que la tecnología es, en sí, política; que ya en su propia concepción, utilidad o distribución, están configuradas un paradigma relacional o de sociedad.

Los sistemas que nos explotan y oprimen son como un líquido que avanza y llena todos los huecos. No hay lugares sin cubrir. Todes tenemos algo para decir. Tenemos, también, las herramientas para producir y distribuir. ¿Pero es esto así? O, en todo caso, ¿hasta qué punto? La Organización de las Naciones Unidas (ONU) declaró a internet como un derecho humano en 2016, pero todavía hay un 40% del mundo que no tiene acceso. Un posible desafío pasa en pensar cómo afilar la lanza, para que nuestra intervención no sea un pinchazo previsto por el sistema. Nunca está de más, tomarse un rato antes de publicar a la espera de recompensa. Seguir pensando por qué, cómo y para qué, hacemos arte en la era digital.