“Los mexicanos salieron de los indios, los brasileños salieron de la selva, pero nosotros, los argentinos, llegamos en los barcos de Europa”. Eso dijo el presidente Alberto Fernández. Las redes se llenaron rápidamente de mensajes de repudio e indignación, que quedaban perdidos entre chistes y memes ingeniosos (algunos igual incluso más racistas y xenófobos que las palabras de las que pretendían burlarse). Yo también quise decir algo, pero no supe qué. Quería contestarle al presidente, deseaba aportar algo valioso a esa catarata de opiniones, escupir argumentos válidos y contundentes, mas solo logré encontrarme cara a cara con mi profunda ignorancia y una crisis identitaria que arrastro hace algunos años (no muchos).

“Los argentinos bajamos de los barcos” ¿Cuáles barcos? ¿Los barcos españoles de la colonización? ¿Los de los traficantes de los esclavos negros? ¿Los de la primera oleada de inmigración europea que comenzó en 1880? ¿Los de la segunda oleada que traían a quienes escapaban de la guerra? De estos últimos descendió mi abuela paterna, pienso, y me sigo preguntando: ¿cuántas personas llegaron? ¿Cuántas siguen aquí? ¿Es posible rastrear ese linaje después de tantos años? ¿Es lo mismo ser descendiente de un español colonizador, ladrón y asesino que de una niña italiana, campesina y analfabeta nacida en 1942?

“Los argentinos bajamos de los barcos” ¿Quiénes eran los que bajaron de los barcos? ¿Tenían dinero y poder? ¿Habían tenido acceso a la educación? ¿Dependía del momento en el que se bajaron o del barco del que se bajaban? ¿Cuáles fueron los porcentajes? ¿Desembarcaron más personas ricas o más personas pobres? ¿Cuántas fueron asesinas y ladronas?

De repente recuerdo a mi maestra de la escuela primaria “los indios -cuando yo fui a la primaria no se hablaba de pueblos originarios y todavía celebrábamos el día de la raza- fueron asesinados por los españoles”. Por los españoles, no por los argentinos. ¿Es eso verdad? ¿Los argentinos no matamos ni un solo indio? ¿Quiénes son argentinos? ¿Acaso después de la constitución de nuestro país los pueblos originarios no pasaron a ser, también, argentinos? ¿Cuándo fue que los europeos dejaron de ser europeos para convertirse en argentinos? ¿Cuántas generaciones nacidas en suelo argentino se necesitan para dejar de ser europeo? ¿Tiene que ver con el color de piel? ¿Acaso mi tez blanca, mi cabello rubio y mis ojos verdes me convierten en europea? ¿Por qué en Argentina soy europea y en el resto del mundo soy latina? “En Estados Unidos tenés que marcar tu raza para cualquier trámite, hasta hay que ponerlo en tu curriculum” me contó mi tío que vive en Norteamérica hace más de quince años, y recuerdo mi gesto de sorpresa y perplejidad, como si lo que me hubiese dicho no tuviera sentido. ¿Cómo eso podría ser legal? Vuelvo al manual de cuarto grado “estaban los españoles, los criollos, los mulatos, los negros…” ¿Cuándo fue que dejamos de hacer esas distinciones en este país? ¿Dejamos de hacerlas o las seguimos haciendo a medias? ¿Las habremos transformado con nuevas categorías, pero conservando la esencia de separarnos de lo diferente? ¿Existen acaso personas que puedan decirse cien por ciento europeas? ¿Cien por ciento originarias? ¿Cien por ciento afrodescendientes?

En mi cabeza no existen estadísticas ni datos duros. Aunque haya ido a una escuela privada y de prestigio y haya cursado en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, no soy capaz de contestarme: ¿es verdad que la mayoría de nuestra población es de ascendencia europea? Mi profesor de Sociedad y Estado nos había dicho en una ocasión que esa era una noción falsa, que la mayoría de inmigrantes europeos se habían asentado en las costas de nuestro país y en territorios cercanos como Córdoba o Santa Fe, pero nadie tenía en cuenta al resto de las provincias, sobre todo las del norte o las regiones andinas. Uno podría argumentar que esas regiones, las costeras, justamente concentran a la mayoría de la población, pero en mi cabeza se interpone el recuerdo del asombro que sentí cuando me enteré que en mi Quilmes natal existían comunidades de pueblos originarios ¿Entonces dónde están los porcentajes? ¿Cuántos argentinos son de ascendencia europea? ¿Cuántos son originarios? ¿Cuántos son afrodescendientes? ¿Cuántos son mixtos? ¿Cuántos son una combinación intrincada de múltiples orígenes y generaciones, imposible de desentrañar?
¿Es tal vez nuestra población y nuestra cultura una especie de abominación, cocida a retazos a lo monstruo de Frankenstein, que logró combinarse de manera tal que resultó en un “algo” que funciona? ¿O es esa una mentira, un relato de los vencedores, que repetimos sin cesar para enterrar la culpa, la sangre, la podredumbre que yace bajo nuestros cimientos? ¿Cuánto aceptamos, cuánto ocultamos, cuánto destruimos, cuánto robamos, cuánto olvidamos?

“Los negros eran esclavos, después dejaron de serlo” ¿Y entonces que pasó? “La población de negros desapareció después de la guerra de independencia, porque siempre los mandaban al frente del batallón, y de la epidemia de fiebre amarilla”. Eso es todo lo que retengo de las clases de historia del secundario. ¿Es real? ¿Tan pocos eran? ¿O eran muchos y los masacraron sin piedad? ¿Ellos luchaban con convicción en la guerra? ¿Querían estar al frente? ¿Simplemente lo aceptaban? ¿Eran obligados? ¿Cuántos eran los que murieron por fiebre amarilla? ¿Cuántos quedaron? ¿Cuántos descendientes caminan hoy por el suelo argentino? Recuerdo posteos en instagram, notas de revistas online, hilos de twitter en donde conocí historias enterradas de hombres y mujeres afrodescendientes que jugaron un rol importantísimo en la historia de nuestro país. Información que llega de a poco, demasiado tarde. ¿Demasiado tarde?

Ahora es la imagen de mi abuelo paterno la que aparece en mi memoria “nuestro apellido es vasco-francés”, pero nunca pude encontrar el barco del que bajó el primer Mulet. Mi abuelo nació acá, al igual que su padre y su madre. Eran gente de campo, no sabían leer ni escribir, no hay registro más allá de mis bisabuelos (un certificado de casamiento). Me los imagino gauchos y paisanas, aunque no hay manera de saberlo. Además, ¿quiénes eran los gauchos? ¿De quienes descendían? ¿Cuándo empezaron a existir? ¿Son una categoría aparte? Estoy abrumada. Pienso también en las inmigraciones de las que nadie habla, por lo menos nadie lo hace de manera positiva, las inmigraciones no en barco sino por tierra de las personas de los países limítrofes. ¿No cuentan los peruanos, los paraguayos, los bolivianos, los chilenos? ¿Y ellos qué son? ¿Cuáles son sus raíces? ¿Cuáles sus porcentajes? ¿Cuándo empiezan a ser argentinos? ¿Son argentinos en el momento en el que se les entrega el DNI o deben pasar un par de generaciones para borrar las huellas de su traslado? ¿Por qué cuando hablamos de inmigrantes nos imaginamos a europeos en blanco y negro y no a personas de carne y hueso que caminan a la par nuestra aquí y ahora, a los que llegaron hace unos años o hace unos días?

Cuando comenzó el aislamiento me propuse investigar y armar mi árbol genealógico. Lo tomé como un proyecto divertido, como si poder rastrear tus raíces no fuese un privilegio. Me encontré con italianos, españoles, vasco-franceses, árabes, turcos, posiblemente raíces judías que fueron ocultadas para escapar del holocausto y varios callejones sin salida. Pensé en pagar un análisis genético muy costoso que es capaz de revelar tu composición ancestral, dividida prolijamente en porcentajes, como si mi identidad estuviera únicamente determinada por mi composición biológica y genética. No lo hice. Aunque consciente de mi pasado familiar, yo me siento de esta tierra, soy argentina de cuerpo y alma.




¿Por qué si no me emociona más una flauta andina que un violín? ¿Por qué el aroma del rocío sobre el pasto de la llanura pampeana, la imponencia de las montañas de la Patagonia, las vistas de los cerros jujeños, los colores de los lagos mendocinos me hacen sentir como en casa (al contrario de lo que me sucedió cuando conocí la Italia natal de mis abuelos o probé la comida española autentica)? ¿Por qué al bailar una chacarera me siento conectada con unas raíces probablemente inexistentes? ¿Por qué me ofende tanto que hermanos de otros países latinoamericanos me traten de blanca europea?


Si es verdad que tengo el privilegio blanco, también el privilegio de la clase media (¿acaso las oportunidades de la clase media son un privilegio o un derecho?), eso jamás lo negaría. Pero también es verdad que soy víctima de las consecuencias del colonialismo en nuestro país (¿en menor medida que los pueblos originarios y los afrodescendientes? Por supuesto), también sufrí y sigo sufriendo tanto como cualquier otro habitante de este territorio la garra impiadosa del imperialismo, también lloro a nuestros treinta mil desaparecidos, esos que independientemente de su color de piel o de su ascendencia luchaban por un país mejor, este país, no otro. Mi ascendencia europea y mis ojos verdes no me hacen mella a la hora de gritarles a los hijos y primos de mis antepasados que dejen de destruir mi tierra, que dejen de robar nuestros recursos, que dejen de meterse en nuestra política, que den la cara, que asuman responsabilidades y den respuestas por los miles de crímenes que cometieron en contra de mi pueblo. Mi pueblo, mis luchas. ¿Estaré apropiándome de algo que no me corresponde? Y si así es: ¿por qué entonces siento de manera tan profunda, en lo más hondo del alma? ¿Cuánta razón tienen los latinos que me acusan de blanca y europea? ¿Cuánto desconocen de mi historia y la historia de mi país? ¿Algo de eso importa?

Reflexiono. Sigo sintiéndome argentina, sudaca, latinoamericana. Mi privilegio blanco encuentra su límite en el momento que abro la boca y dejo fluir mi español nativo en frente de un yanqui.

“España está lleno de argentinos, son como plaga” me dijo una vez un mochilero andaluz entre risas. Yo tuve ganas de pegarle, de gritarle, de decirle que ellos nos escupieron a sus pobres, a sus campesinos, a sus analfabetas y nosotros les devolvimos personas dispuestas a trabajar de lo que haga falta, personas con una buena educación, incluso universitaria, de forma totalmente gratuita. Después me avergoncé por pensar que un universitario vale más que un campesino, y no dije nada. La rabia, de todas formas, continuó. Para los países primermundistas, para los colonos y los imperialistas, siempre seremos sudacas, no importa cuán fuerte agitemos nuestro pasaporte europeo frente a sus narices.

Las preguntas son infinitas, no hallo respuestas. No hay datos duros, ni argumentos, ni fundamentos, solo tengo sentimientos fuertísimos y contradictorios, y un sentido de pertenencia que no logro explicar. Supongo que me queda mucho trabajo por delante, a mí y a muchos más ¿A todos?